lunes, 22 de junio de 2009

La pequeña Sofí

El sol de la mañana acariciaba su rostro mientras ella se balanceaba una y otra vez en aquel columpio oxidado. Aquel columpio que la estaba viendo crecer, en el parque donde su madre la llevaba todos los fines de semana para que se despejara de todos los problemas que tenía en el colegio y en su casa.

Era una niña bastante introvertida, veía a sus compañeros de clase como una pandilla de ignorantes, no sabían nada acerca del mundo que les rodeaba. Ella con apenas 11 años ya había aprendido a dominar tres idiomas; el inglés, el francés y el latín. Éste último era una lengua muerta sí, pero le servía para escribir su diario secreto. De hecho no era tan secreto, ya que lo dejaba siempre encima del escritorio de su habitación pero como estaba en perfecto latín nadie se enteraba de nada.
Había perdido a su padre a la edad de 4 años y su madre había hecho todo lo posible por inculcarle de alguna forma un recuerdo de su padre, de aquel hombre que siempre le compraba golosinas cuando él, por cuestiones de trabajo, llegaba un día o dos después de la fecha indicada. A Sofí, siempre le gustaba que su padre le leyese cuentos antes de irse a dormir. Un día o dos antes de volver su padre llamaba a casa para decir la fecha concreta de llegada y Sofí la señalaba en su calendario; ese día se quedaba despierta hasta que su padre volvía y le leía un cuento. Pero cuando no llegaba a tiempo, la pequeña Sofí, se mantenía despierta toda la noche pensando que su padre podía llegar de un momento a otro y que si la encontraba dormida no le leería su cuento y si no le lee el cuento ella no soñaría consigo misma y su padre, agarrados de la mano, caminando juntos por el parque en el que ella juega ahora cada fin de semana.
Si había algo que consiguiese consolar a la pequeña Sofí eran las golosinas, como a cualquier niño de su edad le encantaban las golosinas pero a ella en particular le fascinaban las formas y colores; se preguntaba cómo podían haber ositos rojos o amarillos o verdes, se preguntaba cómo podían hacer tanto ruido en su boca unos caramelos tan pequeñitos, de dónde sacaban tanta leche las vacas para hacer cartones y cartones de leche y que los mercados pudiesen venderlos. De hecho se preguntaba muchas cosas continuamente.

En este momento, mientras sentía cómo cogía velocidad balanceo tras balanceo, se preguntaba qué pasaría si saltaba cuando alcanzase el punto más álgido que pudiese alcanzar un columpio. ¿Podría llegar al cielo? ¿o su cuerpo movido por la gravedad le haría estrellarse contra el suelo? Desde luego las cosas que se preguntaba no era de una niña de once años, al menos no de una niña normal. Siempre había tenido curiosidad por todo. Por la muerte, por la vida... pero no era algo a lo que le tuviese miedo, lo veía cada día. Veía plantas muertas, fruta podrida, guerras en todas partes del mundo, siempre había visto el mundo como algo caótico, donde lo único seguro era la muerte. Así que había asumido que tardara más o menos iba a acabar muriéndose. Esperaba que más tarde que temprano.
Empezó a coger cada vez más impulso, mientras el columpio se elevaba más y más, y cada vez más alto. Llegó un punto en que tuvo la sensación de que el columpio iba a girar sobre sí mismo y fue en ese momento exacto, justo cuando su estómago le pidió que hiciera paso para dejar pasar el almuerzo, cuando ella se impulsó una vez más y saltó del columpio hacia el cielo.
Notó como su cuerpo se separaba del columpio, notó cada centímetro de su vestido separándose de la superficie porosa del columpio, pensó en caminar sobre el aire pero no podía; en cambio sí que podía volar, sentía como se elevaba cada vez más alto. Sentía los rayos del sol sobre su rostro, sentía cómo se bañaba en una piscina de luz y calor, cada vez más luz y más calor. Empezó a sudar, gotas de sudor resbalan por su frente. Parecía eterna aquella subida...
De pronto, aquella luz del astro rey se volvió blanca y de esa luz surgió una sombra. Un hombre, que se dirigía recto hacia ella y la llamaba por su nombre - Sofí, Sofí, cariño. Soy yo, soy papá. Cariño, mírame bien -, ella quería girar el rostro hacía atrás pero recordó que ella a donde quería ir era hacia delante, hacia arriba concretamente. Así que cogío fuerzas y miró, miró aquel rostro. Era exactamente igual al que su madre le había enseñado en fotos, pero tenía algo distinto, tenía la mirada triste. De repente, aquel hombre la abrazó y le dijo:
- Cariño, has venido. Has conseguido venir, pero ahora mismo no te toca estar aquí, no es tu hora. No puedo decirte lo que hay en el lugar del que vengo pero puedo asegurarte que no es nada malo, disfruta de todo cuanto puedas y sigue como hasta ahora; sin mirar atrás. Cariño, me alegro de verte, te quiero, adiós -. Y acto seguido la sombra de aquel hombre se desvaneció, ella sintió un calor inconmensurable en su corazón y sintío como caía, caía con tal delicadeza que decidió dormir un poco, sentía la necesidad de dormir. Horas más tardes se despertó en su cuarto, rodeada de su madre y sus dos tías. Todas hablando entre sí y suspirando. Cuando por fin consiguió abrir los ojos sin que sufriera con la luz de la habitación, su madre, que no se había separado de ella en toda la semana, empezó a dar gritos de alegría haciendo de dominio público el despertar de su hija. Sofí, por otra parte, se extrañó de la expectación que había causado su sueño y preguntó a qué se debía tal alteración, fue entonces cuando los presentes le explicaron que hacía una semana, cuando estaba jugando en el columpio, hubo un momento en el que resbaló del columpio y se dió un golpe fuerte en la cabeza. El doctor había dicho que probablemente no se despertaría pero como estaba viendo sí que lo hizo.
Cuando Sofí explicó lo que realmente había pasado todos se rieron, todos excepto su madre. Sus tías le explicaron que eso fue producto de los medicamentos e inyecciones que el doctor le había procurado pero que nada de eso había sido real. Sofí en cambia sabía que sí, que todo había sido muy real y cuando se lo contó a su madre en circunstancias más íntimas, ésta empezó a llorar y entre soñozos le explicó a Sofí que había soñado con su padre hace unos días y que, en sueños, éste le dijo que no se preocupara por Sofí que estaba bien y que de un momento a otro despertaría como si nada. Desde entonces madre e hija estuvieron más unidas que nunca y visitaban cada semana aquel columpio que tanto había hecho por su relación.


2 comentarios:

Jora dijo...

Ohhhh, que bonito!!

Muchos dicen que no hay nada despues de la muerte... pero yo quiero pensar como tu cuento... que si, que estan todos esperandonos por algun lugar.

Sea verdad, o solo una ilusión, como siempre, opto por la ilusión.

Muy bonito tu cuento Cristi.

Natsumi dijo...

Gracias :D

Respecto a lo de esperar que haya algo después de la muerte creo que tengo suficiente con pensar en no tener una mala muerte, ni una mala vida XD

De todas formas es bonito pensar que siempre habrá una especie de recompensa por todo este sufrimiento que hay en el mundo, ya nos tocará descubrirlo algún día.

Me alegra mucho que te haya gustado.